La edad de la inocencia
Después de haber leído tantas veces, taaaantos libros de pedagogía, después de haberme pasado los últimos 10 años trabajando en salas de jardines de infantes y después de haber criado por 5 años, dos meses y 24 días a mi hijo… me doy cuenta de que en realidad NO SE NADA.
Escuchar a un nene de 5 años amenazar a un compañero con “matarle a la madre”, a nenas de la misma edad No jungando con compañeras porque son “gordas” o “negras” o “pobres”, que mi hijo venga un día del jardín y me cuente que un grupo de compañeros le tiraron las galletitas al piso y lo obligaron a comerlas, debo reconocer que es más de lo que puedo asimilar y supera ampliamente mi idea de que a veces “los niños pueden ser un poco crueles”.
Por supuesto estoy convencida de que todas estas conductas son adquiridas, ningún nene hace crueldades semejantes sin algún estímulo externo, lo que me preocupa es ver como cada vez a más temprana edad, los chicos se apropian de esa maldad, crueldad, vileza e intolerancia que en general viene con los años, cuando el cerebro se va pudriendo con toda la basura absorvida con el paso del tiempo y cuando el corazón se va haciendo chiquito para dejar lugar en el pecho al rencor, la envidia y el egoísmo.
Cuando decidí ser docente de nivel inicial fue siguiendo mi utopía de que trabajando con nenes tan chiquitos, puros e inocentes, podía lograr crear las bases de futuras buenas personas, intenté e intento inculcarles valores básicos que desconocen tanto como sus padres y me siento inúltil, remando sin remos contra una sociedad que avanza como una topadora que aplasta y destruye a su paso a todo el que no corra para el mismo lado.
Hoy, cuando Maty me contó lo que le hicieron en el jardin me sentí culpable por haberle enseñado a ser bueno, siento que lo crié para ser oveja en un mundo de lobos y me replanteo una y otra vez si estuvo bien enseñarle a respetar valores que hoy ya no existen, o están tan olvidados que se volvieron obsoletos.
Mis convicciones me dictan que no corrompa su carácter estimulándolo a pagarles con la misma moneda a aquellos que lo maltratan, que también son chicos y son también maltratados. Pero mi alma de madre hierve, me grita que no sea pelotuda y que le enseñe a destruir para no ser destruido, a dañar a quienes lo dañen y a cagarse en el concepto de “poner la otra mejilla” para reemplazarlo por el “ojo por ojo”.
Por ahora, mientras mis creencias y mis sentimientos se debaten en mi cabeza, me sigo preguntando que más queda por ser destruído en un mundo donde los chicos han perdido su inocencia…
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